El 15 de febrero de 1990, un grupo de niños volvió a casa a comer y se encontró en TV3 —la cadena pública autonómica, con seis años de vida y una política editorial ya consolidada— a un chaval pequeño, con cola de mono, montado en una nube amarilla, luchando contra un emperador que quería el séptimo objeto mágico para cumplir un deseo. Lo que nadie explicó entonces es que aquello era anime, que aquello era shōnen, y que lo que acababan de empezar a consumir era un modelo de masculinidad completamente distinto al que tenía encima la programación adulta de las mismas cadenas: Rambo, Terminator, Bruce Willis reventando Nakatomi Plaza.

Dragon Ball —la serie original, la infantil con Goku niño, antes del salto de Z— fue uno de los productos televisivos más consumidos por la infancia española entre 1990 y 1998. No hubo rival estable en su franja: ni las series americanas que las cadenas autonómicas emitían en paralelo, ni la programación infantil de las privadas estatales que irrumpirían años después. El impacto de esa década tardó en leerse. Cuando los niños que crecieron viéndolo se hicieron adultos, empezaron a hablar de lo mismo: de que fue el primer héroe que vieron llorar sin vergüenza, del primer maestro al que uno no tenía que matar para superar, del primer grupo de amigos varones que se abrazaban sin que fuera una broma. De lo raro que era todo eso en los ochenta y noventa.

307
Récord Guinness de cosplayers de Dragon Ball · Salón del Manga de Barcelona · 1 de noviembre de 2012

En el XVIII Salón del Manga de Barcelona, 307 personas vestidas como personajes de Dragon Ball se reunieron en el mismo escenario para conmemorar el vigésimo aniversario del manga en España, y Guinness homologó la cifra como récord mundial. No es un dato de audiencia, es algo más difícil de medir: veinte años después de aquella primera sobremesa de TV3, cientos de adultos seguían con la ropa preparada para rendir tributo al producto que las cadenas autonómicas habían comprado a granel cuando eran niños.

Este reportaje no va a contar la historia de Akira Toriyama —esa está contada— ni la del manga original. Vamos a hablar sobre qué tipo específico de masculinidad llegó a España dentro de esa importación aparentemente inofensiva, por qué esa masculinidad era distinta de la que los mismos niños veían en el resto de su cultura televisiva, y qué rastros dejó en una generación de hombres españoles que hoy ronda los cuarenta.

La llegada: TV3, una sobremesa, un niño con cola

La historia oficial dice que Dragon Ball llegó a España en Telecinco en 1990. La historia oficial es imprecisa. La versión que llegó a Telecinco fue tardía, doblada desde una traducción francesa intermedia, con errores célebres que todavía se citan en conversaciones de patio con ironía adulta. Lo que marcó culturalmente a una generación fue la emisión de TV3 a partir del 15 de febrero de 1990, con un doblaje cuidado y un casting de voces fijado en Barcelona que se convertiría, con los años, en referencia.

La voz de Goku adulto la puso Marc Zanni, que desde entonces sería prácticamente inseparable del personaje: treinta y cinco años después sigue doblándolo en las películas nuevas, con un reconocimiento público y un contacto directo con la fanbase que han sido excepcionales en la historia del doblaje europeo. Voces que los espectadores nacidos entre 1980 y 1992 reconocen en el acto —treinta años después— si las oyen en una cuña de radio o en un evento.

La serie entró por TV3 y desde allí empezó a propagarse al resto de televisiones autonómicas y, más tarde, a las privadas estatales. El fenómeno empezó con dos años de adelanto en la sobremesa de TV3, y desde allí se fue expandiendo. Los grandes eventos conmemorativos, las proyecciones en sala, los encuentros con Zanni convocan todavía hoy en Barcelona audiencias que reflejan esa antigüedad de la relación con el producto.

Y ahí está la primera ironía: Dragon Ball entró en TV3 por razones puramente presupuestarias. El anime japonés se compraba por episodios a granel, mucho más barato que producir contenido infantil propio o licenciar Disney. Nadie en la dirección de TV3 se preguntó qué modelo de héroe estaban importando. Lo que estaban importando era barato, rellenaba la sobremesa y los niños no cambiaban de canal. Eso era suficiente.

Contexto Japonés · Weekly Shōnen Jump y el código del shōnen

El manga ya llevaba treinta años construyendo este tipo de héroe

Dragon Ball no fue una invención aislada de Toriyama. Se publicó en Weekly Shōnen Jump desde 1984 dentro de una tradición editorial ya muy codificada: la revista semanal más importante de Shūeisha publicaba desde los años setenta un tipo de relato construido sobre tres palabras que los lectores japoneses podían recitar de memoria: yūjō, doryoku, shōri (友情・努力・勝利) —amistad, esfuerzo, victoria. Ese era, literalmente, el lema editorial de la revista. Todos los mangas principales de Jump, de Captain Tsubasa a Slam Dunk, de Yu Yu Hakusho a One Piece, estaban obligados por contrato a girar alrededor de esos tres ejes. Lo que llegó a España en 1989 no era una serie: era el extremo más comercial de un código narrativo con décadas de pulido. Un producto extraordinariamente estable de una industria editorial extraordinariamente estable.

El catálogo emocional: escenas que en Hollywood no existían

Para entender por qué Goku era un héroe raro en la televisión española de 1990, hay que mirar lo que había al lado. A las diez y media de la noche, los padres veían Commando (Schwarzenegger, 1985) en el ciclo de cine de Antena 3. El martes ponían Rambo. Los sábados, Jungla de cristal. El héroe dominante de la cultura adulta española de aquel momento era un varón estoico, físicamente invulnerable, sin red afectiva visible, que resolvía los problemas solo, con armas pesadas, sin contarle a nadie cómo se sentía. Su relación con el dolor era no mostrarlo. Su relación con el miedo era negarlo. La académica estadounidense Susan Jeffords nombró a este arquetipo en 1994 con una expresión que se ha hecho canónica: hard body, cuerpo duro; un varón hipermusculado como metáfora del rearme reaganiano, una superficie de violencia contenida sin interior accesible.

El hard body no llora. No depende. No pide ayuda. No pierde. Cuando el villano cae al vacío desde lo alto de Nakatomi Plaza en 1988, el héroe de Jungla de Cristal se limpia la sangre de la cara con el pulgar y suelta una frase irónica. Esa era la gramática emocional que los niños españoles veían cuando sus padres se sentaban con ellos en el sofá. Dragon Ball, en la sobremesa del mismo televisor, ofrecía la gramática opuesta.

Empecemos por las lágrimas. Goku llora cuando Tambourine mata a Krilin en la saga de Piccolo Daimaō —grita, se desploma sobre el cuerpo, no puede seguir la pelea—. Llora de nuevo, años después, cuando Freezer vuelve a matar a Krilin en Namek: es el detonante de su primera transformación en Super Saiyan. Llora en el Cell Game al despedirse de Gohan. Llora cada vez que el guion lo pide y no se disculpa por ello. En el mismo universo, el villano Vegeta llora moribundo frente a Freezer en el planeta Namek, suplicándole a Goku que vengue al pueblo saiyano exterminado. Años más tarde, Vegeta se autoinmolará abrazando a un Trunks niño tras decirle que es el primer ser al que ha querido de verdad. La vulnerabilidad masculina en Dragon Ball no es una excepción dramática: es infraestructura.

«El cuerpo duro fue la metáfora imperial de los ochenta: un varón sin interior, un recipiente sin fractura visible. Dragon Ball trajo a los niños europeos una gramática alternativa que su propia televisión adulta no ofrecía.»

Apoyándonos en el análisis de Susan Jeffords en «Hard Bodies», Rutgers UP, 1994

Segunda diferencia: el maestro. En Rambo no hay maestros; el coronel Trautman es una figura de autoridad militar, no un transmisor de sabiduría. En Terminator no hay maestros. En Commando, tampoco. El héroe reaganiano llega ya formado al primer fotograma. En Dragon Ball, Goku tiene una cadena entera de maestros —Son Gohan abuelo adoptivo, Mutenroshi, Karin, Kami-sama, Kaio-sama, Dai Kaio-sama— y todos le enseñan algo distinto. Todos le permiten superarlos sin humillarlos. A todos sigue llamando sensei después de haber rebasado con creces su nivel. Esta convención, heredera del aprendizaje confucionista y taoísta de Asia Oriental, se estabilizó en el manga de posguerra con obras como Ashita no Joe (1968) y para cuando Toriyama arranca Dragon Ball en 1984 ya era un código editorial plenamente formado. En la televisión española de 1990 era, sencillamente, nuevo.

Tercera diferencia: el afecto físico entre varones. El arco que más marcó a los niños españoles fue probablemente el de Piccolo y Son Gohan. Piccolo, villano originalmente, recibe a cargo a un niño de cuatro años, lo entrena un año en el desierto y acaba muriendo para salvarlo del ataque de Nappa. Gohan llora abrazado sobre el cadáver verde del que hasta hacía un año era el enemigo de su padre. La escena establece que un hombre puede cuidar a un niño no biológico hasta dar la vida por él, y que un niño puede llorar por un padre adoptivo sin que la narrativa lo trate como debilidad. Este tipo de relación entre varones —intensa, explícita, sin erotización pero sin vergüenza— era invisible en la cultura televisiva española dirigida a los mismos niños.

Cuarta diferencia: el cuerpo. El cuerpo del hard body americano es un trofeo ya alcanzado, una masa compacta en la que la musculatura certifica estatus moral. Arnold llega a Commando ya musculado. No vemos a Rambo hacer pesas. Goku, en cambio, pasa la vida entrenando en cámara: con ropa lastrada, con gravedad aumentada, con maestros que le imponen rutinas absurdas. El cuerpo del shōnen es una gráfica de esfuerzo: la musculatura no es el punto de partida, es la consecuencia registrada de horas documentadas de trabajo. Esta diferencia aparentemente estética tiene consecuencias éticas importantes: a los niños españoles se les estaba enseñando que la fuerza se construye, no se hereda; que se pierde si no se mantiene; y que todos los personajes —hasta los más fuertes— pueden ser alcanzados por otros si estos entrenan más.

El grupo antes que el individuo

El mayor contraste entre el héroe Dragon Ball y el héroe americano contemporáneo es estructural, no emocional: Goku casi nunca está solo. Cuando lo está, lo está brevemente, y la narrativa lo marca como un problema a resolver. El relato por defecto es el del grupo: Goku, Krilin, Bulma, Yamcha, Ten Shin Han, Chaoz, Piccolo, Gohan, Vegeta. Las peleas grandes las libra una constelación de gente. Incluso cuando Goku es el que da el golpe final, el golpe final está precedido de una cadena de personajes que se sacrifican para ganarle los minutos que necesita.

En japonés hay una palabra para esto: nakama (仲間). Suele traducirse como «compañero» o «camarada», pero no son traducciones exactas. Nakama es un vínculo de lealtad recíproca dentro de un grupo con una misión común. Implica que los intereses del grupo prevalecen sobre los intereses individuales, y que los miembros son sustituibles en función pero no en estima. La ética del nakama es la columna vertebral de la mayoría de shōnen, y es radicalmente distinta de la ética del lobo solitario americano.

Para un niño español de 1992, criado con Terminator en el cine de los sábados y Commando en la programación de verano, Dragon Ball normalizaba una idea inaudita: que pedir ayuda no era debilidad. Que reconocer que otro es más fuerte y pedirle que te entrene no era humillación. Que llorar por un amigo muerto, delante de todos, era parte del repertorio disponible para un varón que quería hacerse fuerte.

6,53M
Tirada semanal · Weekly Shōnen Jump · Pico de 1995 · Japón

En 1995, con Dragon Ball a punto de terminar y Slam Dunk en pleno clímax, la revista semanal de Shūeisha alcanzó una tirada de 6,53 millones de ejemplares por semana. Guinness homologó la cifra: ninguna publicación periódica del mundo ha igualado ese volumen desde entonces. Esta es la infraestructura editorial detrás del producto que, filtrado y traducido, llegaría a las sobremesas españolas a través de cadenas autonómicas compradas a granel.

波 · 波 · 波
La recepción en España: patios de colegio, LOGSE, manga en Planeta

La primera consecuencia visible del consumo masivo de Dragon Ball en España fue, literalmente, física: los niños imitaban los gestos. La postura de Kamehameha —manos en la cadera acumulando energía, cuerpo ligeramente inclinado, lanzamiento frontal con ambas palmas— se convirtió en un signo reconocible en cualquier patio de colegio español entre 1991 y 1996. Los recreos del ciclo superior de EGB —el último antes de que la LOGSE transformara el sistema educativo en 1990-93— estaban llenos de niños fingiendo acumular ki, fingiendo transformarse en Super Saiyan, fingiendo estar en el torneo de Cell.

El profesorado, formado en las facultades de pedagogía de los ochenta, no tenía las herramientas conceptuales para entender lo que estaba pasando. Circulaban en la prensa reportajes alarmados sobre la «violencia» del anime, sobre las «influencias orientales», sobre si Dragon Ball fomentaba conductas agresivas en los niños. El tratamiento era casi siempre moralista y casi siempre superficial. Nadie en la prensa generalista española de 1993 se molestó en leer un solo tomo del manga antes de dar su opinión sobre el fenómeno.

La Recepción · España · 1992

Planeta DeAgostini Cómics lanzó el manga original de Dragon Ball en España en mayo de 1992, en un formato que imitaba deliberadamente el comic book americano: cuadernillos grapados de 32 páginas en blanco y negro, con portada a color, periodicidad semanal y lectura de izquierda a derecha. Aquella primera entrega, la llamada Serie Blanca, cubrió los primeros 153 números antes de reconvertirse a finales de 1992 en la Serie Roja, encolada, de 52 páginas y con periodicidad quincenal y luego mensual. Fue el primer manga shōnen publicado con continuidad en España, traducido directamente del japonés, y el punto exacto en que el fenómeno televisivo se convirtió también en fenómeno editorial: una generación entera de niños descubrió que existía un objeto cultural llamado «manga» que venía de Japón, contaba historias largas con los mismos valores del anime en blanco y negro y con más detalle, y —en sus ediciones originales japonesas— se leía de derecha a izquierda si te atrevías a importarlo.

La decisión de Planeta de empezar con Dragon Ball —y no con Akira o Ghost in the Shell, que eran los mangas que triunfaban en el mercado adulto francés en la misma época— fue comercialmente correcta pero culturalmente reveladora. La editorial identificó correctamente que el mercado español del manga iba a ser, al menos en su primera ola, un mercado infantil y adolescente construido sobre la televisión. El manga para adultos llegaría después, en la segunda mitad de los noventa, pero la infraestructura distributiva, los lectores, los kiosqueros habituados a pedir los tomos, todo eso se construyó primero sobre Dragon Ball. Sin esa base de lectores de doce años, el manga adulto español de los dos mil no habría tenido a quién hablarle.

Lo que quedó en los hombres que eran niños

Hace ya veinticinco años que los niños españoles que crecieron viendo Dragon Ball son adultos. Los más jóvenes, los que la pillaron al final de primaria, están empezando ahora a entrar en la treintena. Los mayores, los que la vieron con 10 años en 1990, están en la cincuentena. Es una franja demográfica entera —hombres españoles nacidos grosso modo entre 1978 y 1988— sobre la que esta importación cultural actuó, sin que nadie lo estudiase en serio, como un manual informal de cómo ser un hombre.

No todo el contenido era emancipador. Dragon Ball también heredaba límites del shōnen clásico: los personajes femeninos protagonistas eran escasos, las mujeres adultas servían a menudo de alivio cómico, los gags sobre el cuerpo femenino del viejo Mutenroshi envejecieron mal, y la violencia física se naturalizaba como método de resolución de conflictos. Son problemas reales del género y del producto, y conviene nombrarlos para no sustituir una mitología por otra. Pero incluso teniendo eso en cuenta, el saldo neto del modelo de masculinidad ofrecido era, en 1993, considerablemente menos rígido que el dominante en el cine de acción americano que los mismos niños consumían en las sobremesas del sábado.

Repasemos las piezas. La posibilidad de llorar en público sin que el relato penalice al personaje. La aceptación del maestro como vínculo permanente, no como escalón a derribar. La centralidad del grupo sobre el individuo, encarnada en la mecánica literal de la Genki-dama —un ataque final que funciona sólo cuando el planeta entero presta su energía al héroe—. La noción de que hacerse fuerte era un proceso documentado, lento, repetitivo y acompañado, no un acto único de voluntad individual. La normalización del contacto físico entre hombres —abrazos, manos sobre los hombros, llanto compartido— sin erotización pero también sin vergüenza. La capacidad del villano de transformarse en aliado —Piccolo, Vegeta— que enseñaba a los niños, antes que cualquier asignatura de ética, que nadie está condenado a su primer acto. La permanencia del niño interior en el adulto —Goku adulto sigue riéndose, sigue comiendo con las manos, sigue aprendiendo— sin que eso le reste autoridad ante sus iguales.

Todo eso llegó a España dentro de una serie infantil comprada a granel por cadenas autonómicas recién constituidas, y trabajó durante diez años sobre el material psicológico de una generación entera sin que la cultura oficial —la crítica, la academia, los suplementos culturales de los periódicos— se molestara en mirarla con atención. El resultado es medible en los hombres de esa cohorte, hoy, cada vez que alguien se sorprende de que un treintañero español sea capaz de llorar abrazado a un amigo sin que el abrazo dure un segundo menos de lo que debería.

Por qué sigue importando

Cuando en los últimos años se habla de la «crisis de la masculinidad» en medios españoles, la conversación tiende a oscilar entre dos polos: la masculinidad tóxica heredada del franquismo y el machismo americano, y las nuevas masculinidades construidas en los debates feministas del último decenio. Se asume, en ambos lados del debate, que los hombres españoles nacidos en los ochenta heredaron un único modelo —el tóxico— y que la tarea pendiente es deconstruirlo.

Esta lectura deja fuera un dato: que una parte sustancial de esa generación masculina pasó una hora diaria, durante años, viendo a un hombre al que le daban permiso para llorar, para necesitar maestros, para depender de amigos, para perder y volver a intentarlo. No es un modelo perfecto ni completo, y no sustituye la pedagogía feminista contemporánea, pero es un modelo distinto al dominante. Y estaba ahí, todos los días, antes de dormir la siesta.

La fascinación adulta de esta generación con Dragon Ball —las convenciones, los tomos de coleccionista, la película taquillera de Dragon Ball Super en 2022, el crecimiento imparable de la franquicia veinte años después del final del manga original— no es nostalgia sola. Es también reconocimiento retrospectivo. Mucha gente está volviendo a Dragon Ball como adulta porque al reencontrarlo entiende por primera vez qué estaba absorbiendo cuando lo veía con ocho años, y por qué fue importante. Esa relectura adulta es, en sí misma, un fenómeno cultural que merece ser estudiado.

Toriyama murió en marzo de 2024. Su obituario ocupó portadas de periódicos generalistas en España. La página editorial de El País, el suplemento cultural de El Mundo, los telediarios de TVE. Para un dibujante de manga, eso es excepcional en cualquier país. En España era inimaginable hace veinte años. Es la medida más sencilla de cuánto impacto acumuló el producto que las cadenas autonómicas compraron barato en 1989.